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La conquista y reconquista de la Verdejo

La conquista y reconquista de la Verdejo


     

La actividad vinícola de la zona en la que se cultiva la uva Verdejo se remonta al siglo XI. En la Alta Edad Media. Y como todo lo bueno de aquella época, su cultivo fue iniciado por varias órdenes monásticas para abastecer de vino a la corte Castellana en época de Reconquista. Del siglo XVI al XIX prácticamente la única variedad de la zona es la Verdejo. Hay una preciosa cita de Miguel Delibes en su novela El Hereje que describe el Valladolid 1517 como “tierra preferentemente de pan y vino, con un tinto flaco en los majuelos más próximos, alegres tintillos en la zona de Cigales y Fuensaldaña y los extraordinarios blancos de Rueda, Serrada y La Seca”.

Después de la plaga de la filoxera que asoló los viñedos de toda Europa a finales del siglo XIX, la Verdejo fue desplazada por la Palomino en Rueda. Las razones fueron puramente económicas puesto que esta variedad daba más producción, lo cual se consideraba más importante que la calidad en esa época. Estos hechos tuvieron consecuencias nefastas para la Verdejo que quedó reducida a su mínima expresión. Pero siempre amanece. Por negra que sea la noche, siempre amanece, y la gran  uva Verdejo volvió a amanecer. Y a mediados de 1970 se empezó a apostar por ella y por la calidad en vez de la cantidad. Y en 1980 se aprobó la D.O. Rueda. Pero nada le ha sido fácil a esta uva tan española. Porque, curiosamente, con la aprobación de la D.O., la Verdejo comenzó otra lucha, esta vez con la Sauvignon Blanc. El afrancesamiento volvía a imponerse en Castilla y la Sauvignon Blanc fue autorizada para elaborar vinos en la zona. Pero no es fácil echar raíces en la Meseta castellana y la francesita no se adaptó ni al suelo ni al clima. Pero eso poco le importaba a sus afrancesados elaboradores. Y si había que abusar de levaduras, se abusaba. Y abusaron del uso de levaduras seleccionadas para darle a la francesa el carácter que le faltaba. Como consecuencia de estos métodos de elaboración, se contaminaron las levaduras autóctonas y los vinos resultantes fueran de la variedad que fueran daban aromas que recordaban a la piel de melocotón y brote de cassis propios de la Sauvignon Blanc.
Fue el mejor momento de resurgir. Y la Verdejo, como si se tratase de un Juan Marín El Empecinado, le volvió a ganar a los franceses. Y en los años 90 volvieron a imponerse los grandes verdejos con su aroma típico con recuerdos herbáceos, vegetales y de fruta blanca.
Pero este triunfo, actualmente, vuelve a estar cuestionado con el abuso de la crianza en barrica. Nadie entiende por qué. Pero se están elaborando vinos de uva Verdejo con demasiada madera y eso es malo. No se le puede poner puertas al campo. Y algunos bodegueros lo están haciendo con lo que los aromas primarios propios de la variedad se están quedando prácticamente anulados. Confío en que la Verdejo vuelva a ganar esta batalla. La ganará. Porque el castellano de hoy sigue siendo como el del siglo XVI que describía El Hereje “amigo del zumo de cepas, el Vallisoletano del siglo XVI, hombre de paladar sensible, distinguía el buen vino del vino malo, aunque gustara de ambos”. Y el blanco de variedad Verdejo es un buen vino. Digno de que cada año, como también dice Delibes, se anunciase cuba nueva con “una ramita verde a la puerta de una taberna”.


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